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Pornstar Death. (Novela Blog)

2.

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En la comisaría, lo de siempre. Después de la rutina de la ficha, las huellas y las primeras preguntas tipo censo, nombre, apellido y dirección, comienza el interrogatorio al estilo de las pelis, primero sin el comisario, con segundones que se dedican a macerarte. Me hicieron contar una y otra vez lo mismo con distintas palabras. Que el estudio, o el escenario del crimen, era de todos y de nadie. Su último dueño conocido era un abogado mediático que se había forrado a base de aparecer en las telebasuras, iniciar querellas imposibles contra los más poderosos del país, querellas que luego se retiraban una vez conseguido el efecto publicitario, y esquilmando a los incautos que se acercaban a su despacho en busca de un buen abogado defensor. Las malas lenguas decían que además se había dedicado al trapicheo jurídico, blanqueo de dinero, asesoría a ilustres gibraltareños llenos de narcopetrodólares y a cochechos varios, porque no estaba contento con lo que tenía y mira que tenía cosas el maromo, por tener, tenía hasta una finca con un parque de atracciones particular, al estilo de Michael Jackson, solo que el canalla, en vez de niños, prefería jovencitas, a ser posible el mismo día que cumplían la edad en que tirárselas no era delito. El apartamento se utilizaba para rodar películas porno con destino a la filmoteca privada del susodicho jurista y también había servido como escenario de chantajes sexuales filmando con cámara oculta a personajes de relumbrón, con o sin corsé rojo, pero evidentemente en posturas poco gratas. El abogado, una noche, fue asaltado a la salida de un restaurante, le pegaron un tiro en la nuca, en un caso claro de ajuste de cuentas, pero como había sido con la munición de ETA, su segurata, que estaba pringado, para no aparecer como cómplice, declaró que habían sido unos tíos con cara de vasco, y cuando le enseñaron diversas fotografías, señaló a los tres más buscados. Daba igual que uno fuera el jefe del comando militar, otro estuviese en Montevideo al frente de un restaurante y el tercero lo tuviese controlado la policía francesa en Toulouse, la pasma le hizo el favor al colega, y el abogado sinvergüenza terminó su vida indecente de una forma gloriosa: como víctima del terrorismo, y hasta le hicieron un homenaje post morten, elogiando su valentía al defender causas arriesgadas. Como el muy cabrón no se fiaba ni de su padre, no había hecho testamento, y dado que tenía deudas por un tubo, todo su patrimonio estaba sub judice, así que mientras se aclaraban los juzgados, el apartamento no era de nadie y era de todos los que tuviesen una copia de la llave, que eramos unos cuantos productores porno con más hambre que otra cosa, y así lo utilizamos cuando tenemos que rodar películas de bajo presupuesto. Que me habían llamado para rodar un video todo en uno, es decir, yo tenía que hacer de cámara y de protagonista. Normalmente este tipo de videos consisten en una mamada, en una enculada, y después en una paja con corrida en la cara de la tipa, todo ello filmado con una cámara pequeña, para poder manejarla con una sola mano y poder encuadrar desde los máximos ángulos posibles, dentro de las limitaciones. No te dan el oscar por esa caca, pero desde que se popularizó en Internet, todo el mundo la pide. Es el gonzo, dicen los productores, el gonzo está de moda. Y una mierda, lo que pasa es que los tíos no quieren gastar ni un duro en decorados, iluminadores, cámaras y menos aún, en actores que cobran una pasta como Nacho Vidal. Repetí y repetí todo este rollo, adornándolo con digresiones típicas, como por ejemplo los millones que ganaba un actor porno con una polla importante, o el tiempo que aguantaba follando Rocco Siffredi, en fin, las cosas que uno suele responder, cuando algún desconocido te pregunta a qué te dedicas y comienzas diciendo: "Pues mira, da la casualidad de que cobro porque me la mamen." Que había ido al piso, que vi la puerta abierta, que pensé, vaya, por primera vez, la tía es puntual, normalmente solemos llegar nosotros primero, nos vamos calentando con conatos de pajas, para ir luego más rápido. Que al llegar al dormitorio, la ví tendida en la cama, completamente desnuda y creí que se había quedado dormida, pero enseguida me dí cuenta de que estaba muerta y llamé a la policía, y eso es todo, señor agente, yo no tengo nada que ver, soy inocente, se lo juro por mis hijos, aunque no los tenga.
Cuando ya no sabía qué decir, apareció el comisario. Sin mirarme siquiera, echó a los demás de un bufido, y una vez a solas, mirándome fijamente, me dijo.
“Tienes suerte, mamonazo. Lo de esa tía es un suicidio como una casa. Pero no desespero. Algún día te agarraré bien. Tú escondes algo, y yo quiero saber que es.”
En estos casos lo mejor es no replicar y hacer mutis por el foro sin llamar la atención. Pero me pudo la curiosidad y pregunté:
¿De qué murió, jefe?
El comisario soltó una carcajada y luego añadió:
“Pues mira, el forense tiene para elegir. En el estómago de la tipa había barbitúricos para matar a un elefante, además se había metido una espléndida sobredosis de heroína, y en la copa que tenía al lado había más cianuro que whisky. No hay la menor duda. Esa tía quería matarse a conciencia. Y se mató. ¿Por qué crees que te dejo marchar?
Salí de la comisaria. Miré el reloj. Las ocho y media. Demasiado tarde para volver al apartamento. Pensé:
Ahora sí que va a estallar todo.
Y bien que estalló.

(Continuará)

1.-

1.-

Recuerdo, gemido por gemido, aquella paja que me hice viendo sus primeras fotos porno, que por cierto las había hecho yo. Y ahora Lea estaba a mis pies, desnuda, abierta, entregada, como pidiendo que me la tirara sin más. Pero no podía pedirme nada, porque además, Lea estaba terriblemente muerta.
Había llamado a la policía y antes de que la sala se llenara de comisarios y preguntas, la observé detenidamente. Hacía cerca de un año que no la veía y parecía más joven, había recuperado el color castaño de su pelo y se había vuelto a operar de las tetas, esta vez para tener de nuevo su precioso pecho plano. No parecía la estrella porno que había llegado a lo más alto, recordaba más bien a aquella chica bastante normalita que me había recomendado Nacho para una sesión de fotos. No es gran cosa, me había dicho, pero es más que las gallinas, me folla a mí, te folla a tí, se folla al lucero del alba, y lo que es más importante, se folla a la cámara. De aquel primer book con el que comenzó su meteórica ascensión, conservo en mi cartera un primer plano de su carita de ángel caído. Había sido el amor de mi vida. Y todavía lo era, sí. Recorrí la habitación para llevarme algo suyo de recuerdo. Me quedé con su reloj. Siempre me había gustado. Claro, se lo había regalado yo. Era un reloj de hombre, bastante grande, a ella le gustaba lucirlo suelto, como una pulsera, a veces se lo colocaba como un brazalete, a veces lo sacaba de la muñeca y jugueteaba con él. Era su talismán Y ahora volvía a ser el mío.
Nada más metérmelo en el bolsillo apareció la bofia.
Preguntas. La primera, qué era exactamente esto.
- ¿Esto?
- La habitación, idiota, ¿esto que es?
- Un plató.
- Claro, un plató. No había caído, claro. Es tan grande que se podría rodar la guerra de las galaxias.
- Menos coña, hay películas y películas y para que lo que rodamos aquí, nos basta y nos sobra.
- O sea que aquí hacéis las guarrerías esas que ponen calientes a los viejos. Vaya, vaya. ¿Y la cámara?
- Mírela.
Y saqué del bolsillo una mini cámara de video. Esto no es Universal Studios. Aquí todo se hace a mano, jefe. A mano se hace y al final a mano se disfruta.
- Y ahora me dirás tan campante que estabais dale que te pego y cuando te la estaba mamando le dió un infarto. ¿Es esto lo que querías declarar, o le estás echando imaginación y me vas a contar un cuento más divertido?
- Bueno, yo. La verdad es que...
- La verdad es que tú te vas conmigo ahora mismo a la comisaría, y ya veremos lo que haremos de ti.

Antes de salir del plató, miré a Lea. Sin ser una gran belleza había conseguido situarse como pornstar de segunda línea, a base de trabajar mucho, de no hacer asco a nada y de acostarse con el primero o la primera que le diera un empujón hacia arriba.
¿Por qué se había suicidado?
Se me ocurrieron tres o cuatro motivos.
¿Y si en vez de suicidio había sido un asesinato?
Se me ocurrieron entonces decenas de sospechosos.
Entre ellos, por supuesto, estaba yo.

(Continuará)